Pedigüeños ¡Este jueves un relato!

Pedigüeños
Un
vendaval dejó tras de sí la arena de la playa revuelta, proyectada
contra las ventanas de los coches formaba una película opaca y
finísima. Los minúsculos granos se lanzaban, hirientes contra los
transeúntes. Los pasos acelerados de sus zapatos, aquí y las
sandalias, allá, revolotearon sobre la plaza como palomas ansiosas.
Las conversaciones, de diferente calado, se levantaban en el aire
lanzándose implacables como los granitos de arena.
Fuiste
tu,
No, no lo hubiera hecho sino hubiera sido por
ti.
¿Qué hacemos ahora con la hipoteca?
¿Renegociamos?
¿Cómo demonios vamos a afrontar el mes
sin uno de los trabajos?
No podía verles, aunque me
llegaran todos los ecos. Sus voces tenían poderes, me
laceraban los oídos.
Te quiero.
No, yo más.
No
no no, yo mucho más a tí.
En ocasiones me permitían flotar
embelesado, y otras me sumían en la más triste oscuridad
cuando se arrojaban los trastos a la cabeza con encono, con saña,
con palabras truculentas y dolor.
¡Uy! ¡Una moneda! Mi
cestillo últimamente no recibe muchas dádivas, la solidaridad se
guarda para épocas de abundancia.
Le devuelvo una sonrisa
de loco descarado. Es un niño, tendrá cinco años y me observa
radiante con un gesto de complicidad, luego vuelve junto a su madre.
A veces pienso que sólo ellos logran verme entre el barrullo de la
gente. Vivo en la más absoluta clandestinidad.
Se
supone que esta plaza es el mejor lugar para una recolecta caudalosa
pero he decidido que migraré para no escuchar tanta miseria.

Seré pobré, estaré pasado de la olla, pero por un euro no merece la pena sufrir esta congoja, prefiero mudarme a un rincon solitario.
Tumbado al sol en mi banco preferido no cambiaría su preocupación, su nerviosismo, su histeria y su tensión por este soleado palco de tacto rígido.